Son tiempos difíciles para la Cultura. La Cultura no se vende. La crisis y muchas de las soluciones que se están adoptando —como la subida al 21% de IVA—, han obligado a este sector a tener que reestructurarse y reinventarse.
Este fin de semana pude asisitir en Manresa a la 16ª edición de la Fira Mediterrània. El eje vertebrador de la Fira es el cruce, el encuentro y el diálogo entre las culturas mediterráneas a través de una vasta programación que incluye un gran espectro de manifestaciones culturales, desde expresiones tradicionales a las más innovadoras, desde la fiesta popular a las creaciones más actuales.
La Fira es un certamen de múltiples artes escénicas y de los 113 espectáculos y 350 actividades presentados, una tercera parte tienen entrada para acceder. Lamentablemente esta es una de las principales medidas que están siguiendo la mayoría de festivales ante la falta o reducida financiación pública.
Otra y quizás la más preocupante, desde mi punto de vista, es la proliferación de actuaciones musicales en estos festivales en detrimento de otras artes. Si bien es cierto que no soy un entusiasta de los conciertos, entiendo que la gran mayoría de personas prefieran comprar la entrada para un concierto de música antes que ir a un espectáculo de circo o danza. Tampoco es que no esté de acuerdo con David Ibáñez, director artístico del certamen, según el cual “existe una fira para cada persona”. Podemos disfrutar de diferentes disciplinas, viendo espectáculos de teatro, circo y danza. Pero, tal y como señalan desde la organización “definir la Fira Mediterrània de Manresa como una cita estrictamente musical es un error considerable que hay que enmendar”. Y es que “Mediterrània no tendría razón de ser sin la importante presencia del teatro y la danza” añaden sus organizadores. Aún así, en general, en los últimos años, en este tipo de certamens abundan más los conciertos y espectáculos musicales, posiblemente porque atraigan a más personas. Un público que terriblemente se está mal acostumbrando a pagar por estos espectáculos, cuando antes la gran mayoría eran gratuitos.
Esto tampoco significa que los espectáculos gratuitos vayan a desaparecer. Pero, quizás, debería haber una vuelta hacía atrás cuando en este tipo de certamens había más esporádicos y dejar de reducirlos en pos de una mayor calidad —o más bien lo que los organizadores definen por calidad, que es más bien discutible— como, por ejemplo, está haciendo el Festival de Teatro de Tàrrega últimamente.
La Cultura no desaparecerá y seguirá existiendo después de la crisis, pero necesitará de nuevas fórmulas. Decía Platón en su obra “El mito de la caverna” que “no se ignora la cultura y el conocimiento, sino que se la desprecia o decora”. En España no somos consumidores de Cultura, nos gusta más el futbol.
En la última década nuestras Administraciones han despilfarrado mucho dinero en grandes eventos o infraestructuras más por motivos de difusión política que cultural. Pero no se ha creado una estructura económico-cultural que garantice la existencia de un turismo cultural permanente. Las consecuencias: la ralentización —y casi desaparición— de la política cultural de la Administración y la creación de un nuevo modelo cultural en el cual es el sector privado quien tiene la capacidad de “ofrecer Cultura”, y que obligará a que la Cultura debe comenzar a ser rentable.
Consecuencia de ello, los festivales de calle se están convirtiendo cada vez más en festivales de pago. Se montan cada vez más escenarios y carpas, y se cobra una entrada, perdiendo la esencia de lo que deberían ser estos festivales: gratuitos y de calle.